TIEMPO..LUCHA CONTRA EL TIEMPO..RELOJ HECHO LETRAS..LETRAS HECHAS CARNE ENTRE TUS MUSLOS...MULSOS PARA ALCANZAR EL MILAGRO...MILAGRO.. ENERGÍA...LA ENERGÍA ES LA DELICIA ETERNA...
Catching Elephant is a theme by Andy Taylor
im there… who are you??
(Source: human-after-all)
pretty in black and white
(Source: thekeepsake)

El viento soplaba demasiado rápido, se escabullía como un fugitivo entre las faldas de las mujeres que recorrían la esquina frente a mi casa; luego chocaba invisible contra las paredes, rebotaba contra la puerta de acero oxidado del señor Villegas; en su agonía se atrevía a incursionar entre las piernas de mi vecina de 200 kilos, su falda se alzaba, un hombre se escandalizaba, otro seguía su rumbo. Ese era yo, cansado, conmocionado. Matilde decidió terminarme justo cuando el premio de matemática estaba por ser entregado, no sabía si mi método de comprobación diferencial para determinar las dinámicas de PI iba a dar resultado o seria aplastado por los teoremas modernos ¿Qué puede hacer un hombre que tiene ambos corazones rotos? El de la razón y el del amor. Conduje toda la tarde dando vueltas alrededor de cualquier lugar, buscando un bar que significara algo.
Adornado con mantas y columnas al estilo egipcio Heloisa, apareció doblando la esquina; Incrustado en medio de la avenida séptima, parecía un lugar perfecto para gente abandonada. Pedí una cerveza, luego un Martini, vodka, más Martini y luego Brandy. Me hastie el cansancio, nada parecía embriagarme. El clavaba su pene entre sus labios, luego ella jadeaba, ambos contorsionándose en medio de la barra del bar. Ella lo sacaba y lo introducía con la sensación de ser una cosa muerta. —Necrosis eso es lo que puede sucederé a alguien que consuma muchas pastillas de viagra —dijo alguien en voz alta rompiendo las formas que mi mente imaginaba para mantenerme vencido, ya eran las dos de la madrugada, al fondo del bar se escuchaba, “nada debemos temer excepto las palabras”.
Salí del bar embriagado por completo. Veía a Matilde teniendo sexo en cada esquina, haciéndole una felación a mi jefe sobre el capó de mi auto, teniendo sexo anal con mi vecino gordo, anunciaba que esta noche iba a ser demasiado fría. Conduje algunas calles, trataba de alejarme de su imagen pero luego recaía, y ahí aparecía de nuevo, cabalgando sobre un hombre, quizás era mi padre, sí que lo era. Las calles se convertían en un desfile de imágenes del kamasutra. Estaba atascado en mi mismo cuando un camión de bomberos apareció de la nada, aunque creo que fui yo el que apareció de la nada, la velocidad de mi auto (120km/H) sumada a una fricción de 0, 2 representaba un problema matemático que se levaba a la millonésima cifra de un problema aun más espectacular en la vida de alguien, yo sé de eso, de números.
Lo que sucedió después es un mar de dolor y remordimiento, un hombre solo y abandonado a su suerte, sin mujeres y con las piernas rotas, nada puede hacer. Los doctores me dijeron que tuvieron que hacer múltiples transfusiones de sangre, mi espalda estaba rota, mis piernas no tocarían el suelo con la misma fuerza de antes.
Contraté una enfermera que me parecía relativamente atractiva, su nombre era Verónica, era educada y bonita. Un hombre que está en cama siempre necesita una mujer que lo cuide. El traje blanco de Verónica siempre impecable inmaculado, contrastaba con mi aspecto demacrado, rostro fétido, carne podrida; ella limpiando mis excrementos y yo con vergüenza recaía, volvía a pensar en Matilde. ¡Oh!, Dios, ¿por qué me has abandonado?
Pasaron los días y no pude volver a comer alimento alguno, los médicos decían que mi cuerpo sufría de alguna condición que le impedía comer carne, frutas o verduras, alguna maldición que me colocaba en la incómoda posición de necesitar una transfusión de sangre por lo menos cada dos meses, sino mi cuerpo recaía. Todos recaemos al fin y al cabo, unos más rápido que otros.
La manera en como permanecí con vida los días siguientes a la ultima transfusión de sangre resulto ser más que asombroso, mi piel se recupero e incluso le señale a Verónica que podía sentir mis muslos, lo cual no duro mucho, pues luego de la ultima transfusión mi cuerpo comenzó a necesitar de manera alarmante mas transfusiones de sangre. Con el tiempo pasé de tener una cada dos meses a una por semana, Verónica decía que yo era un chupasangre, a veces bromeaba con eso para hacerme sentir confortable, yo vivía como una estrella agonizante.
Veía pasar mis días entre las salidas del parque con Verónica y las películas de clase B que tanto le gustaban, durante el tiempo que estuvo conmigo logró cocinar platos exóticos pero por sobre todo el “Steak Tartare”, una especie de plato de carne cruda, con algo de sangre; platillo que me encanto desde el primer momento, luego Verónica le aplicaba más sangre hasta que prácticamente yo solo bebía el pedazo de carne sumergido entre un pequeño mar rojo, con lo cual Verónica seguía bromeando, ella disfrutaba cuando yo le leía cuentos, ambos acostados en la cama, ella con su vestido inmaculado y yo con un libro en las manos, “con sus manos sobre ella”, y Verónica se soltaba lentamente el traje blanco, sostenía una antorcha entre su muslos mientras ella bebía del fuego genital”, entonces Verónica se aproximaba a colocar su cabeza sobre mi pecho, ya sin el vestido se veía su piel de color marfil, brillante, cuerpo palpitante. “Ella se contuvo, seguía bebiendo de él, era un funeral erótico”. Entonces me acerque a besar su cuello, besos lentos y pronunciados, como otorgados por Dios, pequeños gemidos, el color de su piel se transformaba en miles de palabras, un caleidoscopio hecho carne.,
Abrí mi boca lentamente, exhibí mis dientes blancos y mortecinos. Las millones de células salivales conformaban una cifra matemática irrisoria solo superada por la circularidad de sus caderas, la cual podría sumarse al cuadrado con el resultado de la redondez de sus senos. Los dientes penetraron en silencio, ella extasiada tomaba mi cabeza y la acercaba aun más a su vena, jadeaba por momentos como un conejo que está siendo estrangulado, era una serpiente que brillaba entre amarillos y verdes, ella era mi caleidoscopio para sentir el mundo. Verónica dejo Salir un sonido sordo, era una nota silenciosa que hizo eco en la casa, los espejos y las cortinas se doblaron por unos segundos.
Ya sin fuerza su cuerpo lucia exiguo, brilloso, las dos marcas de los colmillos dejaban salir dos delicados hilos de sangre, me observe frente al espejo de la habitación. Atrapado en mi imagen acaricie su cabello y el delicioso aroma de sus labios impregno el recinto. Sostuve con fuerza su cuerpo y conseguí beber más del delicioso elixir, era como besar a Dios en la frente y devorar su gloria. ¡Me sentía vivo!
Su sangre era más dulce que la que ella misma me cocinaba. Me tumbé en la cama. Abrazaba el cuerpo sin vida de Verónica, su piel escarlata brillaba aun después de muerta, Las líneas delgadas de sangre fluyen como mentiras en el corazón de los amantes, deliciosamente dulce, extremadamente corto.
Tomé el libro y continúe leyendo en voz alta: “Podía sentir la lluvia, acariciar su piel, el micro mundo de su memoria lo hacía volar, levantarse de nuevo. Él, agonizante le dijo con voz ronca: Yo sé de eso, de literatura”

—Yo vi a Dios ahí, en la humedad de la habitación, en el sabor a muerte de sus besos, detrás de la manta que nos cubría; con nosotros y a la izquierda acostado, allí donde se termina la cavidad abdominal y entre las costillas se enmarcaban los senos tímidos de Angélica. El esta eyaculando al otro lado del espejo de la habitación, deleitándose con dos siluetas desnudas. Dios es voyerista, un enfermo que al igual que yo gusta del sexo violento. Frente al espejo inmerso en un juego conspicuo en el que solo participan los que estamos dispuestos a viajar en el otro. Mis labios rosan su nuca, mis ojos luchan por descubrir el mundo que se esconde detrás del espejo. Mierda ya entiendo a Borges. El resto de mi cuerpo trata infructuosamente volver al útero, volver a ser ciego, encender en la oscuridad las cerillas que brotan de los dedos de una mujer, aquellas caricias incipientes es lo que buscamos los hombres en todas ellas. ¿Quién quiere luz cuando esta enceguece?
El sexo con Angélica significaba un viaje continuo. Un divagar en el espejo, escuchando los sonidos de nuestros cuerpos, el cabello rosando la nariz, la oreja que es besada lentamente y luego la boca que jadea y deja escapar palabras indescifrables, sordas. Las curvas de las espaldas hincadas una sobre la otra. De las imperfecciones de la piel emergía la explosión que se aproximaba desde el interior de los dos como una monstruosidad alada e indescriptible y que luego se extendía por todas partes. Impregnaba cada cavidad, cada beso, cada pulpito y elegía. Destruía los círculos y dividía los cuerpos. Unos decían que era el paso del tiempo, yo digo que es el amor.
Yo estaba asombrado en todos estos años jamás lo había escuchado hablar así, mirando afuera de la ventana como si buscase más en su memoria. Yo quería saberlo todo. Hizo una pausa para levantar su bastón, lucia cansado y meditabundo.
—Ella era mi biblia para entender mi mundo— dijo, con un tono de voz demasiado tierno para ser verdad —. Su cuerpo, una declaración de principios hecha carne. Después llegaba el vacio, la nota silenciosa que se aproximaba in crescendo en una sinfonía grotesca. Angélica se sacudía como si fuese a morir, como si mi carne dentro de ella significase un cuchillo frio y hendido. Un metal al rojo vivo que se fundía dentro de ella. Jadeaba y yo también, ella como una serpiente agónica y yo como un niño abandonado. Su sangre fría encendía en llamas la habitación. Yo a veces deseaba morir. Cada mujer tiene una tormenta en su mente, una guerra invicta aun por ganar en su corazón. Las mujeres luchan contra sí mismas…y bueno, a veces ganan.
Era de suponer que mi rostro estaba fuera de lo normal. Las palabras que tenia para mi abuela nunca fueron tan grandiosas. Él era un viejo cascarrabias y maniático pero este que tenía ante mí no era el mismo.
—Mierda, me dijiste que deseabas saber que hizo que me enamorara de tu abuela, no podía decirte otra cosa más que la verdad. O ¿Acaso querías un cuento de hadas con final feliz?
Rubem fonseca.
La mujer que necesita un hombre, es aquella que vive en su cabeza.
Esta biblioteca sin nombre a la que yo acudía todas las mañanas, se erigía ante mí como una revelación. Es un lugar propicio para soñar. Entre los miles de tomos que mis ojos acariciaban sobresalía uno de enorme importancia La Anábasis de Jenofonte, la historia de los 10 mil soldados que acompañaron al general Jenofonte o Xenofón, por la Persia interior. Era una edición española, con una parte en riego y otra en español. Quizás la compre, justo en ese instante miré el vacio que quedaba al lado de la Anábasis. Se podía ver que había algo en el fondo, introduje mis dedos, como penetrando el conocimiento. ¡Mierda! qué buena frase “penetrar el conocimiento”, quizás con eso pueda comenzar el capítulo 2 del Arte de caminar…La fisura tenía algo de polvo, sentía con mis dedos una cubierta de cuero, cuando saque el libro me sorprendí. Decía en su primera página con letras mayúsculas y a lápiz:
“A.M Carvalho, de ochenta años, come filete con patatas fritas. Su nieto de dieciséis años, come filete en el mismo plato. Inversiones diferentes.”
“SI QUIERES ENCONTRAR A LA MUJER UNIVERSAL TENDRAS QUE SEGUIR A LA SIGUIENTE HOJA Y LUEGO LA QUE SIGUE. SI, EN VERDAD ERES UN HOMBRE REAL, NO TRATARAS DE PASAR A LA SIGUIENTE SIN LEER.UN LIBRO UN PACTO, UN BESO, CAUSA Y EFECTO.”
Mierda eso fue como un puño a la ingle, un latigazo al punto más dulce de la orgásmica anatomía humana, tuve que comprar ambos. La Anábasis y este otro que tenía el nombre del autor tachado, lo único que se podía leer en la portada era una frase suelta, imagino yo de algún párrafo mayor, Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera pasar una noche contigo. En todo caso no sabía si era la pasta o era otra cosa.
Angélica llegó presurosa balbuceando algo de un robo y disparos, camionetas de vidrios polarizados y luego un enfrentamiento con la policía. No me importo realmente, estaba abstraído en la lectura del libro que se había topado conmigo. La mujer que necesita un hombre, es aquella que vive entre sus piernas. Lo que recuerdo después fue Angélica desnuda y haciéndome el amor, sus pezones perfectos describían círculos concéntricos, mientras que sus gemidos eran la mejor sinfonía que podía acompañarme esta noche. Mujer mágica, eterna, etérea.
Justo en el epitome del placer, Angélica levanto su puño y lo dirigió con fuerza hacia mi rostro, luego un puño más, otra vez. Después de 3 perdí la cuenta, no recuerdo cuantos fueron no me importa, sangre caliente, hombría inexistente. Con la nariz completamente rota besaba sus labios buscando eternizar este momento, mi sangre cubría parte de su cuerpo. Pequeñas gotas habían salpicado el cuerpo de Angélica, estas al entra en contacto con su piel cambiaban de color, casi como un camaleón su piel se tornaba verde y luego roja. Haces de luz se desbordaban entre su pecho y mi rostro ensangrentado
La mujer que necesita un hombre, es aquella que vive en su cabeza.
Al día siguiente no había rastro de Angélica en el apartamento, su Afiche que decía Der Untermensch, su ropa, su sonrisa, su olor a manzana. Todo se había ido con ella.
Las mejores mujeres son las que nos abandonan me dijo mi padre cuando mi madre le dejo, no recuerdo el motivo. Quizás debería escribir una historia, en el mismo sentido pero con inversiones diferentes, un soñador de mujeres que se atreva a amarlas a todas. Con la particularidad única de un asesino de amores. Decidí Volver a la biblioteca a buscar más información del libro que había leído, me costaba pensar que Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera pasar una noche contigo, era un titulo decente para tamaña obra maestra con la que me haba topado.
Guilty, Guilty, Guilty